Meditación #16 Primero Amor, Luego Sexo
Estoy al fin poniéndome al día, y cuando me alistaba a escribir anoche, encendí CNN y observé un reportaje preocupante sobre “reprogramación sexual de homosexuales” que fue realizado por décadas por psiquiatras y profesionales de la Salud Mental. Nuestra relación con nuestros cuerpos y específicamente, nuestra sexualidad es un tópico obscuro, especialmente
porque requiere despojarse de las máscaras y exponerse al dolor y la confusión.
Crecí en un país en el que la belleza femenina se idealiza y sexualiza altamente desde muy temprana edad. Recuerdo el juego de palabras que generalmente se establecía para tratar los temas de sexo y roles de género, en concreto, la relación entre hombre y mujer, o de aquellos que sentían atracción por el mismo sexo, que siempre eran el centro de los chistes y las conversaciones que se sostenían no sólo entre adultos, si no que se compartían con los pequeños e incluso es un talento que se anima entre los chicos; el contar y recontar historias cómicas en las que el denominador común es siempre la ambigüedad del lenguaje y cómo a través de él se puede ridiculizar precisamente aquello que se quiere reprimir: los intensos deseos y conflictos que la sexualidad implica y que se esconden tan fácilmente tras el humor.
Miro hacia atrás con horror y me doy cuenta que no sólo estuve bailando con el demonio, modelando en Medellín en los 80’s, sino que me rodeaba la decepción.
Mi ciudad natal estaba dominada por narcotraficantes y abundaba el dinero sucio, un juego trágico se desenvolvía en escenarios sofisticados tales como discotecas financiadas precisamente con ese dinero ensangrentado y se establecía un tráfico fugaz de todo deseo humano, en el que las mujeres jóvenes y bonitas eran tan sólo un producto más a negociar, para ser utilizadas, abusadas y desechadas a voluntad. Reflexiono sobre mi auto-imagen y le doy todo crédito a mi madre que me proporcionó el filtro que me impidió perderme entre la tentación del placer prometido en un momento deslumbrante.
Me enteré también de varios embarazos no deseados que ocurrieron muy cerca a mí como adolescente y curiosamente, el miedo físico a que eso me sucediera a mí fue un elemento aversivo que limitó mi comportamiento. Pero, al mirar atrás, a pesar de tener el privilegio de una madre que no evadía la conversación ni las preguntas sobre la sexualidad y siempre la describía como la experiencia más hermosa que dos personas que se amaban podían compartir, anhelo haber comprendido, a más temprana edad, las implicaciones sicológicas de compartir tu cuerpo y tu alma con otro ser humano. Muy poca discusión de esta importante parte de la sexualidad se presenta, no sólo en familia, sino en la escuela, y nuestra sociedad, representada principalmente por los medios masivos de comunicación, insiste en representar el sexo como un acto casual, sin compromisos, sin ataduras, un encuentro que parece tan sólo implicar dos cuerpos, y no la fusión de dos almas y dos visiones del mundo.
He observado las reacciones a los escándalos sexuales en los medios y entre los comentarios que suscitan y observo que usualmente el comportamiento se examina como una desviación y se analiza desde la perspectiva de la vergüenza y la culpa, resaltando la desgracia de que haya sido el descuido el que delató el desliz, mientras el análisis de asuntos complejos que revelan, tal como la fidelidad, el poder y la debilidad humana y la sexualidad se ignoran, o simplemente se niegan.
Parecemos creer que como Dorian Gray, podemos usar nuestras representaciones de la realidad, nuestros retratos, que son las fachadas que presentamos al mundo, nuestras poses de poder, posiciones o posesiones, como escudos que nos protegen de quienes somos en realidad; seres falibles y complicados que precisan tener la voluntad de mirar su humanidad cara a cara para entender sus debilidades y también su belleza, que se revela majestuosamente precisamente al enfrentar nuestra vulnerabilidad.
Tan sólo al abrir nuestras mentes, cuerpos y almas a los interrogantes, a las preguntas, a las pasiones, a los deseos, las necesidades no colmadas, podemos habitar plenamente nuestra sexualidad, y permitir que el verdadero Yo busque conexión con otro. Tal como desechamos las ropas para fundirnos en uno con otro, debemos despojarnos de las máscaras y los miedos en las tres dimensiones para lograr un verdadero vínculo de comunión indestructible con otro ser. Como bebés, habitábamos nuestra sexualidad espontáneamente al ser sostenidos, amamantados, abrazados, masajeados y al explorar nuestros cuerpos, y ello nos recordaba cuán amados éramos. Tristemente, nuestra crianza puede haber distorsionado nuestras percepciones de quiénes somos como seres sexuales, pero el retorno implica re-aprender quiénes somos para aprender a amarnos y aceptarnos tal como somos.
Antes de poder comprender las consecuencias a largo plazo de un encuentro sexual con otra persona, sin importar nuestra inclinación sexual, necesitamos entender las conexiones humanas, la dinámica de las relaciones, el afecto, la conversación, la empatía: el regalo inmenso de mirar los ojos del otro y derrumbar los muros para permitir que el verdadero yo resplandezca y se creen chispas al aproximarse al otro. Tan sólo entonces podremos encontrar el camino para entender el fuego que se crea cuando dos seres humanos se derriten el uno en el otro y encuentran un eco, un espejo, un puente que les permite fundirse con la divinidad del otro. Tan sólo a través del amor podemos entender ese poder, pero comienza con el amor que primero tenemos que sentir por nosotros mismos: El Amor es el comienzo de una sexualidad sana.
Con amor,
Lina.
Crecí en un país en el que la belleza femenina se idealiza y sexualiza altamente desde muy temprana edad. Recuerdo el juego de palabras que generalmente se establecía para tratar los temas de sexo y roles de género, en concreto, la relación entre hombre y mujer, o de aquellos que sentían atracción por el mismo sexo, que siempre eran el centro de los chistes y las conversaciones que se sostenían no sólo entre adultos, si no que se compartían con los pequeños e incluso es un talento que se anima entre los chicos; el contar y recontar historias cómicas en las que el denominador común es siempre la ambigüedad del lenguaje y cómo a través de él se puede ridiculizar precisamente aquello que se quiere reprimir: los intensos deseos y conflictos que la sexualidad implica y que se esconden tan fácilmente tras el humor.
Miro hacia atrás con horror y me doy cuenta que no sólo estuve bailando con el demonio, modelando en Medellín en los 80’s, sino que me rodeaba la decepción.
Mi ciudad natal estaba dominada por narcotraficantes y abundaba el dinero sucio, un juego trágico se desenvolvía en escenarios sofisticados tales como discotecas financiadas precisamente con ese dinero ensangrentado y se establecía un tráfico fugaz de todo deseo humano, en el que las mujeres jóvenes y bonitas eran tan sólo un producto más a negociar, para ser utilizadas, abusadas y desechadas a voluntad. Reflexiono sobre mi auto-imagen y le doy todo crédito a mi madre que me proporcionó el filtro que me impidió perderme entre la tentación del placer prometido en un momento deslumbrante.
Me enteré también de varios embarazos no deseados que ocurrieron muy cerca a mí como adolescente y curiosamente, el miedo físico a que eso me sucediera a mí fue un elemento aversivo que limitó mi comportamiento. Pero, al mirar atrás, a pesar de tener el privilegio de una madre que no evadía la conversación ni las preguntas sobre la sexualidad y siempre la describía como la experiencia más hermosa que dos personas que se amaban podían compartir, anhelo haber comprendido, a más temprana edad, las implicaciones sicológicas de compartir tu cuerpo y tu alma con otro ser humano. Muy poca discusión de esta importante parte de la sexualidad se presenta, no sólo en familia, sino en la escuela, y nuestra sociedad, representada principalmente por los medios masivos de comunicación, insiste en representar el sexo como un acto casual, sin compromisos, sin ataduras, un encuentro que parece tan sólo implicar dos cuerpos, y no la fusión de dos almas y dos visiones del mundo.
He observado las reacciones a los escándalos sexuales en los medios y entre los comentarios que suscitan y observo que usualmente el comportamiento se examina como una desviación y se analiza desde la perspectiva de la vergüenza y la culpa, resaltando la desgracia de que haya sido el descuido el que delató el desliz, mientras el análisis de asuntos complejos que revelan, tal como la fidelidad, el poder y la debilidad humana y la sexualidad se ignoran, o simplemente se niegan.
Parecemos creer que como Dorian Gray, podemos usar nuestras representaciones de la realidad, nuestros retratos, que son las fachadas que presentamos al mundo, nuestras poses de poder, posiciones o posesiones, como escudos que nos protegen de quienes somos en realidad; seres falibles y complicados que precisan tener la voluntad de mirar su humanidad cara a cara para entender sus debilidades y también su belleza, que se revela majestuosamente precisamente al enfrentar nuestra vulnerabilidad.
Tan sólo al abrir nuestras mentes, cuerpos y almas a los interrogantes, a las preguntas, a las pasiones, a los deseos, las necesidades no colmadas, podemos habitar plenamente nuestra sexualidad, y permitir que el verdadero Yo busque conexión con otro. Tal como desechamos las ropas para fundirnos en uno con otro, debemos despojarnos de las máscaras y los miedos en las tres dimensiones para lograr un verdadero vínculo de comunión indestructible con otro ser. Como bebés, habitábamos nuestra sexualidad espontáneamente al ser sostenidos, amamantados, abrazados, masajeados y al explorar nuestros cuerpos, y ello nos recordaba cuán amados éramos. Tristemente, nuestra crianza puede haber distorsionado nuestras percepciones de quiénes somos como seres sexuales, pero el retorno implica re-aprender quiénes somos para aprender a amarnos y aceptarnos tal como somos.
Antes de poder comprender las consecuencias a largo plazo de un encuentro sexual con otra persona, sin importar nuestra inclinación sexual, necesitamos entender las conexiones humanas, la dinámica de las relaciones, el afecto, la conversación, la empatía: el regalo inmenso de mirar los ojos del otro y derrumbar los muros para permitir que el verdadero yo resplandezca y se creen chispas al aproximarse al otro. Tan sólo entonces podremos encontrar el camino para entender el fuego que se crea cuando dos seres humanos se derriten el uno en el otro y encuentran un eco, un espejo, un puente que les permite fundirse con la divinidad del otro. Tan sólo a través del amor podemos entender ese poder, pero comienza con el amor que primero tenemos que sentir por nosotros mismos: El Amor es el comienzo de una sexualidad sana.
Con amor,
Lina.

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