Meditación #17 Dolores del
Crecimiento
Nos despedimos dos semanas
atrás, con el despertar de nuestras identidades sexuales y muy acertadamente,
la semana pasada mi vida se re-organizó para ayudarle a una amiga cercana y
decidí posponer este escrito hasta que hubiese cruzado el puente sobre aguas
turbulentas, sabiendo que con certeza había algo en mis experiencias que
alimentaría mis palabras. Hoy, al leer un artículo en la nueva revista de
National Geographic, recordé mi labor con estas palabras: "Las Sequoias
Gigantes son gigantes porque son muy, muy viejas. Son tan viejas porque han
sobrevivido todas las amenazas que las pudieron haber matado."
Bueno, pues nosotros
también hemos sobrevivido, pero los dolores del crecimiento parecen nunca
abandonarnos. Recuerdo haber leído con asombro que los "terribles dos
años" se identifican, según algunos sicólogos, como la primera
adolescencia. El niño ya no se siente tan dependiente de Mamá y Papá y siente
la necesidad de afirmar su individualidad, frecuentemente con pataletas y drama
de alto calibre.
Luego llega la muy
acertadamente llamada Adolescencia: algo duele profundamente en el alma, ya no
somos niños sin duda, pero nos ahogamos desesperadamente entre pensamientos
profundos y el flujo de hormonas y presiones de nuestros iguales que tan sólo
parecen empeorar la situación.
Pero además, durante esta
etapa, también existía una emoción, una expectativa, curiosidad, un deseo
inextinguible por emociones intensas, aventuras, descubrimiento y el gusto
ansioso por lo que aún podía desenvolverse en nuestras vidas. Esto es lo que
más recuerdo de mis años de adolescente y lo quisiera reclamar hoy. Ese
destello de la novedad de la vida, del movimiento, del gusto, del tacto, de la
visión, del aroma. Recuerdo el gozo de ir sola a cine o de un paseo en bus a
solas o con mi hermana, y decidir conscientemente que ese no sería tan sólo
otro viaje en Circular Sur, era una aventura, llena a más no poder de
posibilidades, de gente por conocer, lugares por recorrer, experiencias por
vivir, y recuerdo sentir cuán afortunada era de poder estar allí, dispuesta a
beber toda esa vida, sedientamente. Esta misma sed de cambio me inspiró a
abandonar mi país, a la madura edad de dieciocho años, sola, en la búsqueda de
mi destino, empacando la duda y el miedo en una cajita sin llave, y volando
alto con mis alas nuevas y fuertes. Miro a la Lina de cuarenta y tres años en
el espejo y busco en ella al pajarito que abandonó el nido y logró encontrar,
de alguna manera, una corriente de aire caliente que la sostuvo.
Asómate conmigo al espejo
del tiempo y re-encuéntrate con tu ser adolescente; abastécete del ímpetu del
corazón y el alma jóvenes y libres, y atrévete a saltar una vez más en tu vida,
con el vigor y las ventajas que tan sólo la experiencia, las heridas y el
tiempo pueden otorgar. Si no me crees, anímate a aprender más sobre las
Sequoias Gigantes, las Enormes Maestras de la supervivencia.
Con Amor y Gusto,
Lina.
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